viernes, 8 de noviembre de 2019


La importancia de una red afectiva entre hombres gays.

Independientemente de la orientación sexual, al nacer en un cuerpo con pene y testículos, se nos trata de encasillar en el mundo de la masculinidad. Todos aprendemos que para sobrevivir al mundo de los hombres tenemos que anular las muestras de afecto y ternura o todo lo que pueda vincularnos con el mundo simbólico de lo femenino.

Cuando se  es hombre, aprendemos a medir el  poder con base en otros hombres, comienzas a asumir que para entrar dentro de los parajes masculinos, tienes que comprobar que eres digno de estar ahí.   

Medimos nuestra fuerza, nos esforzamos por ser competentes, creamos complicidades para validar el vigor del otro con la esperanza de que reconozcan el propio. Nuestra potencia sexual tiene que salir a relucir  estando  siempre dispuestos a eyacular, se nos enseña que para tener un vínculo afectivo-  erótico se tiene que conquistar y salir de casería (entre otras cosas que hacemos los hombres para probar que lo somos).

Habitar el cuerpo a partir de la masculinidad, implica grandes  porciones de retos y vigilancia en cómo nos comportamos. 

Otros de los puntos para ser considerado “un hombre de verdad, es el medir la cantidad de afecto que  debemos ejercer con el otro, puesto que “no vayan a pensar que soy maricón” o "debil". En ciertos contextos, como en la borrachera, hasta besos entre compas heterosexuales surgen  sin “tanto miedo” al que dirán  y se utiliza el alcohol como pretexto o justificación.

¿Quién nos dijo que un golpe es una muestra de afecto?, ¿Por qué muchos hombres sólo estando borrachos son afectivos con el resto del mundo?

Ser  cariñoso o pasarse de cariñoso con otro hombre tiene repercusiones a través de formas misóginas donde ninguno quiere asemejarse a una mujer. Incluso existen hombres que nunca en  la vida le dicen “te quiero” o “te amo” a un buen amigo que le ha acompañado, a lo mucho le invitan las chelas.

Rendimos en diferentes circunstancias y contextos un culto a la masculinidad. Nos admiramos de los componentes simbólicos  que representan el poder masculino; admiramos cuando un hombre es capaz de andar con  muchas personas a la vez, si tiene un pene grande, si tiene cuerpo de gym o musculoso, si en su trabajo tiene una jefatura, si se comporta como un súper héroe o figura de acción o cuando decimos que   “ese todas las puede”.

El amor o admiración hacia otros  hombres, en realidad no es como tal hacia otros hombres, sino que es hacia la masculinidad y al poder. Hay que entender que esta adoración a la masculinidad  se convierte en un constante  abuso de poder que termina en violencia.

Si admiráramos e hiciéramos complicidades desde una lógica mucho más sana con otros hombres, no nos pesaría tanto mostrarnos vulnerables, reconoceríamos nuestras violencias sin responsabilizar  a otras personas.

Por supuesto que también se verían con normalidad  las muestras de afecto entre hombres en los diferentes escenarios  sociales, tales como darle un beso en la mejilla al compa o apapachar con un abrazo cálido sin necesidad de aplicar el  típico golpe lleno de rudeza. Los hombres gays de esta manera dejaríamos de sentir miedo de que nos agredan si en la vía pública tenemos muestras afectivas con nuestro novio. 

Desde que ingresamos a las escuelas entendemos que habitamos en una jungla donde “hay que aguantar” malos tratos: golpes, apodos, humillaciones, bromas hirientes, etc., son parte de la dinámica en la que nos envuelve la masculinidad. Quien “no aguanta” o se demuestra débil ante estas situaciones hostiles ya no es parte del clan, es un “mariquita” y es arrojado al mundo de lo  femenino que implica para muchos estar en lo más bajo; se es víctima de la homofobia y misoginia.

A pesar que en los ambientes de tenor homosexual es muy común ver besos entre dos hombres, no estamos exentos de anular la ternura y responsabilidad afectiva hacia otros. Quizá con la pareja podamos tener ciertos detalles afectivos pero a la vez, puede ejercerse control y dominio a  través de los celos o la desvalorización de los gustos de la persona, o  quizá se aplican chantajes emocionales para que se termine haciendo "lo que yo quiera".  

¿Qué tal con los amigos gays? Al igual que en la dinámica de los  hetero, llegamos a ser crueles con otros hombres gays, con un matiz diferente pero violento al fin. 

Muchos hemos competido con otros para probar quien tiene mayor poder o masculinidad o dicho desde la jerga del ambiente gay “por ver quién es la más perra”. Por ejemplo, se llega a centrar quien viste mejor o está más guapo, quien gana más dinero, quien tiene mayor grado de estudios o incluso el medir quien está "más afuera del closet" ante la sociedad y quienes por diversas circunstancias no logran salir.

A través de aquella práctica conocida como el bufe, se establece la cultura de “el que se lleva se aguanta” y decirle a mi amigo “perra” o “loca” se vuelve un “cariñito”.

El bufe es tirarse mala espina entre amigos bajo un supuesto “consenso”, pero vamos, detengámonos a reflexionar aunque sea un poquito en el cómo estamos normalizando la violencia al creer que el insulto es gracioso.

Una característica del bufar a otro es que por lo general se hace en términos femeninos, haciendo un oleaje de expresiones machistas, sale a relucir que ser mujer es algo peyorativo, o bien, algo de lo que nos podemos burlar cuando es expresado desde el cuerpo de un hombre.

Nos inscribimos en los estatutos que marcan los mitos machistas como aquel que dice: “las mujeres juntas ni difuntas”, donde muchos hombres gays a través de asumir el rol pasivo en las vinculaciones eróticas con otros, comienzan a criticar despiadadamente a quienes también asumen ese mismo rol. El rol pasivo representa la feminidad, y por lo tanto, lo que “debería ser” una mujer, así que el mito comienza aterrizarse en nuestras relaciones ahí donde señalamos a otros hombres con comentarios misóginos, racistas y clasistas.

También en lugar de escuchar a mi amigo y comprenderlo, aplicamos la de “vámonos de fiesta”, anulando o minimizando la problemática que presente la persona y llevándonos de la mano hacia las adicciones.

Muchos hombres debemos aprender a escuchar sin juzgar al otro y a dejar de minimizar los sentires. Dejar de invitar a mi compa a beber alcohol  o consumir drogas (como única solución) cuando se tiene un problema, sería mejor estimularlo para que acuda a terapia y comience con el trabajo personal que tanta falta nos hace a todos.

Si bien los afectos o acercamientos físicos entre hombres gays se dan en mayor cantidad que en heterosexuales, los acompañamientos afectivos a veces no están presentes.

Crear una red afectiva entre hombres implica cuestionar la masculinidad que nos involucra en situaciones tóxicas donde sólo nos volvemos cómplices de la violencia. Ser afectivos no es admirar la fuerza, el vigor y la musculatura del otro, es reconocernos como seres humanos; establecer empatía y acompañarnos sin invadir espacios,  atrevernos a llorar delante del otro cuando lo necesite, o bien, abrazar a otro hombre cuando llore y apoyarnos cuando existan situaciones de odio homofóbico hacia a alguno de nosotros en los distintos lugares donde interactuamos.

También es parar, señalar y reflexionar sobre las conductas machistas y/o violentas que mis amigos ejerzan. Hacer complicidad para violentar valida esas situaciones donde estigmatizamos o abusamos de otra persona. Dejemos de normalizar que el "ser muy perra" es algo chido. 

Dejar de competir por ver quién es el más "cabrón" en algo nos quitaría fuertes dosis de estrés que cargamos por pretender ser alguien que no somos. Vivimos presionados constantemente por el miedo a que  me señalen como un hombre “afeminado” y poco a poco nos vamos olvidando de los vínculos afectivos y de la ternura que podemos compartir.

La ternura nos lleva a relaciones basadas en el amor y la estabilidad emocional. La ternura nos llena de humanidad y nos hace  conscientes de que determinadas acciones afectan a otro. La ternura es lo contrario de la crueldad.

Otro punto importante a recalcar, es el de las prácticas sexuales donde al igual que para los heterosexuales, nos es muy fácil conseguir sexo. Se llega a creer que es una necesidad el tener felaciones todo el tiempo y a muchos no les llega a importar si están en una relación de pareja, afectando emocionalmente a la persona tras esa sensación de incumplimiento y traición a los acuerdos de exclusividad sexual.

Se llega a utilizar el cuerpo de otros hombres como un objeto para el propio placer mutilando todos los rasgos identitarios de la persona, resumiendo el cuerpo y la totalidad en tan sólo hoyos para ser penetrados. Basta con asomarnos a Grindr para notar como el cuerpo es fragmentado a un rol sexual, priorizando únicamente los genitales.

No es que este mal experimentar y tener sexo, lo que considero se deja de lado es el cuidado de los otros y el autocuidado que implica una vida sexual sana y responsable. Nos ponemos en riesgo y se expone a otros. La sexualidad no sólo es penetración, incluye emociones y afectos.

Los bares y antros gays están llenos de “conquistas” donde se llega a exponer la vida sexual de otros, puesto que se suele alardear con quienes se mantuvo intimidad. Estando en reuniones de hombres gays, es común escuchar la proezas sexuales que se tuvieron con otros hombres o a quien vieron en Grindr. 

El valor de los hombres se mide en muchas ocasiones por la cantidad de encuentros sexuales que se hayan tenido bajo el espectro de la heteronormatividad: si se asume el rol activo y se sabe que ha penetrado a diferentes hombres, es un cabron valorado; por el contrario si se asume el rol pasivo y se sabe que lo han penetrado en varias ocasiones, es denigrado.

Debemos reflexionar que siendo hombres con vinculaciones erótico-afectivas con otros hombres no anula nuestra misoginia, hemos sido socializados como hombres y el ser gays no nos justifica.

El ser hombre y asumirse gay, claro que puede tener una implicación política potente si nos sensibilizamos bajo la perspectiva de género. Podemos reivindicar y mostrar alternativas para vivirnos en un cuerpo simbolizado como hombre.

Los espacios donde interactuamos los hombres gays, se han convertido en espacios hostiles donde importa cómo vas vestido, donde si te adaptas al estereotipo de hombre gay estadounidense, estas en la cúspide  y si no lo eres, te excluyen con diferentes tipos  de violencia.

Pensemos todas las veces que hemos afectado nuestras vidas por querer encajar en algún círculo, abusamos de nosotros y de otros con tal de tener  pertenencia en un espacio que es excluyente.

En lugar de normalizar el bufe, normalicemos la ternura, el amor, la compasión y la solidaridad en nuestras prácticas. Reconozcamos que ser una comunidad implica cuidarnos entre nosotros. 

El patriarcado nos quiere misóginos, compitiendo, hiper-masculinizados, indiferentes, reproduciendo la homofobia de la que hemos sido víctimas y sedientos de poder. Ese sistema no quiere que cuestionemos y hagamos la diferencia, nos necesita aliados y reproduciéndolo. Nos quiere lo más parecido a los hombres heterosexuales.

No nos relacionemos bajo el espectro del machismo, no nos dirijamos bajo el margen de la conducta heteronormativa. Como hombres gays, homosexuales o como queramos nombrarnos, inventemos nuestra propia dinámica y hagamos grietas en  las estructuras sociales que abran accesos hacia la igualdad de derechos y oportunidades.

Dejemos de lado el validar y justificar nuestras violencias para seguir perpetrando el sistema patriarcal que por razones inherentes nos da privilegios que a las mujeres les son negados.

Hay que crear  una  gran red de apoyo afectiva y no sólo de validación de las prácticas y formas violentas. Cuestionemos nuestra masculinidad y rompamos con aquel pacto que marca las fronteras de nuestro comportamiento. Tenemos la posibilidad de reinventar un mundo basado en la empatía y buen trato.

Debemos comenzar a ocuparnos en observar nuestras prácticas, en tener cuidado del cómo nos estamos relacionando con otros hombres y también con las mujeres para poder construir ambientes de seguridad y respeto. La invitación está abierta para que nos sumemos a practicar la responsabilidad afectiva y  para crear una comunidad de hombres gays mucho más conscientes.

Establezcamos nuestra propia ética homosexual y cuidémonos entre nosotros. 


martes, 23 de julio de 2019

¿Que onda con nuestras prácticas entre chicos gay?


¿Cómo nos atraviesa a los hombres gays el mandato de la masculinidad?

Crear una ética entre hombres gays implica ir reconociendo nuestras violencias dentro del mismo colectivo. No estamos exentos de un comportamiento patriarcal donde constantemente convertimos nuestros espacios en lugares hostiles para socializar.
Si visibilizamos y reconocemos todos esos momentos donde hemos actuado desde la violencia hacia otros hombres gay, podremos trabajar para vivirnos en áreas de buentrato entre nosotros.

Somos un colectivo discriminado en muchas áreas de la vida cotidiana, y el patriarcado nos enseña a destruirnos entre nosotros, precisamente para no generar alianzas propositivas para la igualdad y la no discriminación.

Nuestra complicidad va dirigida  a seguir reproduciendo el machismo con su dosis de misoginia y homofobia. Estaría excelente que esa misma complicidad entre varones la utilizáramos para derribar a ese monstruo de múltiples tentáculos que está acabando con nuestras vidas y la de las demás personas.

Crear una nueva ética entre hombres gays implicaría fuertes dosis de reflexión interior para acabar con nuestras conductas destructivas y comenzar a vivir libres de violencias.

Dejo algunos puntos que desde lo personal observo constantes en muchos de nosotros y  donde creo que tenemos un fuerte trabajo  por realizar:

ü  Clasismo. Dividiendo y señalando a otros hombres por como visten, si tienen ropa de marca y si se representan o no con los modelos norteamericanos de ser Gay. Adjudicar el valor a las personas a través de si tienen el dinero suficiente para gastarlo en los mejores lugares de “moda gay” del momento.

ü  Racismo. Señalar a otros hombres por su color de piel e ir utilizando expresiones  del tipo “prieto”, “cara de artesanía prehispánica”, “inidio” etc. Creer que la piel blanca te da un estatus social mucho más alto.

ü  La creencia de que nuestros cuerpos no están bien si no tienen los suficientes musculosos y comenzar a derrochar grandes cantidades de dinero en productos que incluso llegan a afectar nuestra salud, y rechazar a otros hombres por el simple hecho que no lucen una estética corporal alineada con el gimnasio.

ü  A partir del punto anterior, mostrando una conducta gordofóbica  expresando incluso odio por los cuerpos gordos. Constantes burlas y rechazo.

ü  Cosificación de cuerpos.  Nuestra sexualidad masculina se expresa a través de prácticas de penetración, traducidas simbólicamente en dominación. Creer que en el acto sexual “me lo cogí”  o “me cogió” es parte de una cultura de la conquista hacia el cuerpo del otro que termina siendo deshumanizante.

ü  El uso de la pornografía desmedido con contenidos sumamente violentos 

ü  Todas las veces que faltamos al acuerdo de exclusividad sexual con nuestras parejas sexo-afectivas. La infidelidad ha estado incrustada en la subjetividad de muchos hombres a través de dispositivos machistas que nos hacen creer que nuestra sexualidad debe ser incontenible e insaciable.

ü  El uso que se le suele dar a redes sociales como grindr. El menú de estas plataformas muestran partes de cuerpos fragmentados donde la valía de alguien se enfoca en qué tipo de corporalidad tienes y si eres lo “suficientemente masculino”. La descripciones que se colocan suelen estar orientadas a la potencia sexual donde se manifiesta y se hace énfasis en el tamaño del pene. Las conversaciones privadas son monótonas y repetitivas donde los valores de cada persona se resumen al “rol sexual”, a si “tienes lugar”, “cuanto te mide”, solicitar el pack o si estás dispuesto a tener prácticas sin condón.

ü  Pasivo y activo. Creer que para relacionarnos lo debemos hacer a partir de estos dos únicos roles que representan la masculinidad y feminidad. Nos encasillamos y la gestión de nuestras relaciones se basan asumiendo que si me represento como el pasivo soy “como una mujer” y si presento el rol activo soy “como el hombre de la relación”.

ü  Criticando destructivamente a otros hombres gays por sus prácticas sexuales y evidenciando con quien se acuestan y nombrándolos incluso como ”putas” o “zorras”.

ü  Mostrar sin el consentimiento del otro fotografías íntimas mejor conocidas como el pack, incluso publicándolas en redes sociales como twitter.

ü  Criticando a mujeres y señalándolas de "fachosas" si es que no se acoplan a los roles de la feminidad.  En ocasiones se escuchan bastantes comentarios del tipo “es que yo cojo mejor que su novia”, o “tengo mejor cuerpo que su novia” denigrando así a las mujeres bajo un comportamiento machista del ser gay.

ü  De la misma forma que a las mujeres, señalar a otros hombres gays  de “malvestidos” o “desalineados”.

ü  En relaciones de noviazgo con otros hombres mostrarse competitivo por quien es más guapo, exitoso o popular, dicho de otra forma: competir por quien tiene mayor poder en la relación.

ü  Cuestionando la vida sexual de otros hombres gay, indagando con quienes se han acostado o cuanto tiempo pasan en grindr. 

ü  Hablar sobre los novios de mis amigos o conocidos dando descalificativos donde todo se resume a si son “feos” o “guapos”.

ü  Limitar nuestras prácticas sexuales   a actos de penetración.

ü  Sólo procurar mi propio placer e ignorar el del otro y no dialogar sobre el consentimiento dentro de las prácticas sexuales.

ü  El cruising y sus formas de operar donde los otros sólo son objetos para ser utilizados, ya que no  interesa ni siquiera su nombre o los diálogos personales son casi nulos dentro de estos espacios.

ü  Erotizar la cultura de la violación llegando a abusar de otros hombres que se encuentran bajo efectos del alcohol o las drogas e incluso llegar a divulgarlo en redes sociales o páginas pornográficas. 

ü  Siendo lesbofobicos señalando a mujeres lesbianas de agresivas, feas o cuestionando su sexualidad por no tener un pene.

ü  Siendo un hombre narcisista creyéndose mejor que los demás compitiendo en  un terreno capitalista y consumista con los otros.

ü  Siendo transfobicos, pensando que ser una “vestida” es denigrante y que eso nos representa negativamente al colectivo gay en la sociedad, porque desde luego: “si uno es hombre, hay que comportarse como tal para ser aceptado".

üNormalizar el "Bufe" entre nosotros como una práctica divertida. 

ü  La adoración a la masculinidad casi como un culto. Lo vemos representado en todos los contenidos y  publicidad Gay con un estereotipo masculinizado  bastante marcado.

Seguramente queden muchos puntos sin colocarse aquí, sin embargo estas reflexiones deberían  implicarnos a todos los hombres que nos vivimos desde los ámbitos homosexuales y ambientes gay. 

Quisiera invitar a la posibilidad de colocar otras formas y vivencias donde tenemos trabajo por hacer, ya que eso daría mayor amplitud en el tema que no puede seguir siendo ignorado por nosotros.

¡CUIDEMOS DE NUESTRAS PRÁCTICAS, CUIDEMOS DE LOS OTROS!