La importancia de una red afectiva entre
hombres gays.
Independientemente de la orientación sexual, al nacer en un
cuerpo con pene y testículos, se nos trata de encasillar en el mundo de la
masculinidad. Todos aprendemos que para sobrevivir al mundo de los hombres
tenemos que anular las
muestras de afecto y ternura o todo lo que pueda vincularnos con el mundo
simbólico de lo femenino.
Cuando se es hombre, aprendemos a medir el poder con base en
otros hombres, comienzas a asumir que para entrar dentro de los parajes
masculinos, tienes que comprobar que eres digno de estar ahí.
Medimos nuestra fuerza, nos esforzamos por ser competentes, creamos
complicidades para validar el vigor del otro con la esperanza de que reconozcan el propio. Nuestra potencia sexual tiene que salir a relucir
estando siempre dispuestos a eyacular, se nos enseña que para tener un
vínculo afectivo- erótico se tiene que conquistar y salir de casería (entre
otras cosas que hacemos los hombres para probar que lo somos).
Habitar el cuerpo a partir de la masculinidad, implica grandes
porciones de retos y vigilancia en cómo nos comportamos.
Otros de los puntos para ser considerado “un hombre de verdad,
es el medir la cantidad de afecto que debemos ejercer con el otro, puesto
que “no vayan a pensar que soy maricón” o "debil". En ciertos contextos, como en la
borrachera, hasta besos entre compas heterosexuales surgen sin “tanto miedo” al que dirán y se utiliza el alcohol como pretexto o justificación.
¿Quién nos dijo que un golpe es una muestra de afecto?, ¿Por qué muchos hombres sólo
estando borrachos son afectivos con el resto del mundo?
Ser cariñoso o pasarse de cariñoso con otro hombre tiene
repercusiones a través de formas misóginas donde ninguno quiere asemejarse a
una mujer. Incluso existen hombres que nunca en la vida le dicen “te
quiero” o “te amo” a un buen amigo que le ha acompañado, a lo
mucho le invitan las chelas.
Rendimos en diferentes circunstancias y contextos un culto a la masculinidad.
Nos admiramos de los componentes simbólicos que representan el poder
masculino; admiramos cuando un hombre es capaz de andar con muchas
personas a la vez, si tiene un pene grande, si tiene cuerpo de gym o musculoso,
si en su trabajo tiene una jefatura, si se comporta como un súper héroe o
figura de acción o cuando decimos que “ese todas las puede”.
El amor o admiración hacia otros hombres, en realidad no es como
tal hacia otros hombres, sino que es hacia la masculinidad y al poder. Hay que entender que esta adoración a la masculinidad se convierte
en un constante abuso de poder que termina en violencia.
Si admiráramos e hiciéramos complicidades desde una lógica mucho más
sana con otros hombres, no nos pesaría tanto mostrarnos vulnerables,
reconoceríamos nuestras violencias sin responsabilizar a otras personas.
Por supuesto que también se verían con normalidad las muestras de
afecto entre hombres en los diferentes escenarios sociales, tales como
darle un beso en la mejilla al compa o apapachar con un abrazo cálido sin
necesidad de aplicar el típico golpe lleno de rudeza. Los hombres gays de esta manera dejaríamos de sentir miedo de que nos agredan si en la vía pública tenemos muestras afectivas con nuestro novio.
Desde que ingresamos a las escuelas entendemos que habitamos en una
jungla donde “hay que aguantar” malos tratos: golpes, apodos, humillaciones,
bromas hirientes, etc., son parte de la dinámica en la que nos envuelve la
masculinidad. Quien “no aguanta” o se demuestra débil ante estas situaciones
hostiles ya no es parte del clan, es un “mariquita” y es arrojado al mundo de
lo femenino que implica para muchos estar en lo más bajo; se es víctima
de la homofobia y misoginia.
A pesar que en los ambientes de tenor homosexual es muy común ver besos
entre dos hombres, no estamos exentos de anular la ternura y responsabilidad
afectiva hacia otros. Quizá con la pareja podamos tener ciertos detalles afectivos pero a la
vez, puede ejercerse control y dominio a
través de los celos o la desvalorización de los gustos de la persona, o quizá se aplican chantajes emocionales para que se termine haciendo "lo que yo quiera".
¿Qué tal con los amigos gays? Al igual que en la dinámica de los hetero, llegamos a ser crueles con otros
hombres gays, con un matiz diferente pero violento al fin.
Muchos hemos competido con otros para probar quien tiene mayor poder o
masculinidad o dicho desde la jerga del ambiente gay “por ver quién es la más perra”.
Por ejemplo, se llega a centrar quien viste mejor o está más guapo, quien
gana más dinero, quien tiene mayor grado de estudios o incluso el medir quien está "más afuera del closet" ante la sociedad y quienes por diversas circunstancias no
logran salir.
A través de aquella práctica conocida como el bufe, se establece la
cultura de “el que se lleva se aguanta” y decirle a mi amigo “perra” o “loca”
se vuelve un “cariñito”.
El bufe es tirarse mala espina entre amigos bajo un supuesto “consenso”, pero vamos, detengámonos a reflexionar aunque sea un poquito en el cómo estamos normalizando la
violencia al creer que el insulto es gracioso.
Una característica del bufar a otro es que por lo general se hace en términos
femeninos, haciendo un oleaje de expresiones machistas, sale a relucir que ser
mujer es algo peyorativo, o bien, algo de lo que nos podemos burlar cuando es expresado
desde el cuerpo de un hombre.
Nos inscribimos en los estatutos que marcan los mitos machistas como
aquel que dice: “las mujeres juntas ni difuntas”, donde muchos hombres gays a
través de asumir el rol pasivo en las vinculaciones eróticas con otros,
comienzan a criticar despiadadamente a quienes también asumen ese mismo rol. El
rol pasivo representa la feminidad, y por lo tanto, lo que “debería ser” una
mujer, así que el mito comienza aterrizarse en nuestras relaciones ahí donde señalamos a otros hombres con comentarios
misóginos, racistas y clasistas.
También en lugar de escuchar a mi amigo y comprenderlo, aplicamos la de
“vámonos de fiesta”, anulando o minimizando la problemática que presente la
persona y llevándonos de la mano hacia las adicciones.
Muchos hombres debemos
aprender a escuchar sin juzgar al otro y a dejar de minimizar los sentires. Dejar de
invitar a mi compa a beber alcohol o consumir drogas (como única solución) cuando se tiene un
problema, sería mejor estimularlo para que acuda a terapia y comience con el
trabajo personal que tanta falta nos hace a todos.
Si bien los afectos o acercamientos físicos entre hombres gays se dan en
mayor cantidad que en heterosexuales, los acompañamientos afectivos a veces no
están presentes.
Crear una red afectiva entre
hombres implica cuestionar la masculinidad que nos involucra en situaciones
tóxicas donde sólo nos volvemos cómplices de la violencia. Ser afectivos no es
admirar la fuerza, el vigor y la musculatura del otro, es reconocernos como
seres humanos; establecer empatía y acompañarnos sin invadir espacios, atrevernos a llorar delante del otro cuando lo
necesite, o bien, abrazar a otro hombre cuando llore y apoyarnos
cuando existan situaciones de odio homofóbico hacia a alguno de nosotros en los distintos
lugares donde interactuamos.
También es parar, señalar y reflexionar sobre las conductas machistas
y/o violentas que mis amigos ejerzan. Hacer complicidad para violentar valida
esas situaciones donde estigmatizamos o abusamos de otra persona. Dejemos de normalizar que el "ser muy perra" es algo chido.
Dejar de competir por ver quién es el más "cabrón" en algo nos quitaría
fuertes dosis de estrés que cargamos por pretender ser alguien que no somos.
Vivimos presionados constantemente por el miedo a que me señalen como un
hombre “afeminado” y poco a poco nos vamos olvidando de los vínculos afectivos
y de la ternura que podemos compartir.
La ternura nos lleva a relaciones basadas en el amor y la estabilidad
emocional. La ternura nos llena de humanidad y nos hace conscientes de que determinadas acciones
afectan a otro. La ternura es lo contrario de la crueldad.
Otro punto importante a recalcar, es el de las prácticas sexuales donde
al igual que para los heterosexuales, nos es muy fácil conseguir sexo. Se llega
a creer que es una necesidad el tener felaciones todo el tiempo y a muchos no
les llega a importar si están en una relación de pareja, afectando
emocionalmente a la persona tras esa sensación de incumplimiento y traición a
los acuerdos de exclusividad sexual.
Se llega a utilizar el cuerpo de otros hombres como un objeto para el
propio placer mutilando todos los rasgos identitarios de la persona, resumiendo
el cuerpo y la totalidad en tan sólo hoyos para ser penetrados. Basta con asomarnos a Grindr para notar como el cuerpo es fragmentado a un rol sexual, priorizando únicamente los genitales.
No es que este mal experimentar y tener sexo, lo que considero se deja de lado es el cuidado de los otros y el autocuidado que implica una
vida sexual sana y responsable. Nos ponemos en riesgo y se expone a otros. La sexualidad no sólo
es penetración, incluye emociones y afectos.
Los bares y antros gays están llenos de “conquistas” donde se llega a
exponer la vida sexual de otros, puesto que se suele alardear con quienes se
mantuvo intimidad. Estando en reuniones de hombres gays, es común escuchar la proezas sexuales que se tuvieron con otros hombres o a quien vieron en Grindr.
El valor de los hombres se mide en muchas ocasiones por la cantidad de
encuentros sexuales que se hayan tenido bajo el espectro de la
heteronormatividad: si se asume el rol activo y se sabe que ha penetrado a
diferentes hombres, es un cabron valorado; por el contrario si se asume el rol
pasivo y se sabe que lo han penetrado en varias ocasiones, es denigrado.
Debemos reflexionar que siendo hombres con vinculaciones erótico-afectivas
con otros hombres no anula nuestra misoginia, hemos sido socializados como
hombres y el ser gays no nos justifica.
El ser hombre y asumirse gay, claro que puede tener una implicación
política potente si nos sensibilizamos bajo la perspectiva de género.
Podemos reivindicar y mostrar alternativas para vivirnos en un cuerpo
simbolizado como hombre.
Los espacios donde interactuamos los hombres gays, se han convertido en
espacios hostiles donde importa cómo vas vestido, donde si te adaptas al
estereotipo de hombre gay estadounidense, estas en la cúspide y si no lo eres, te excluyen con diferentes tipos de violencia.
Pensemos todas las veces que hemos afectado nuestras vidas por querer
encajar en algún círculo, abusamos de nosotros y de otros con tal de tener pertenencia en un espacio que es excluyente.
En lugar de normalizar el bufe, normalicemos la ternura, el amor, la
compasión y la solidaridad en nuestras prácticas. Reconozcamos que ser una
comunidad implica cuidarnos entre nosotros.
El patriarcado nos quiere misóginos, compitiendo, hiper-masculinizados,
indiferentes, reproduciendo la homofobia de la que hemos sido víctimas y
sedientos de poder. Ese sistema no quiere que cuestionemos y hagamos la
diferencia, nos necesita aliados y reproduciéndolo. Nos quiere lo más parecido a
los hombres heterosexuales.
No nos relacionemos bajo el espectro del machismo, no nos dirijamos bajo
el margen de la conducta heteronormativa. Como hombres
gays, homosexuales o como queramos nombrarnos, inventemos nuestra propia dinámica
y hagamos grietas en las estructuras
sociales que abran accesos hacia la igualdad de derechos y oportunidades.
Dejemos de lado el validar y justificar nuestras violencias para
seguir perpetrando el sistema patriarcal que por razones inherentes nos da
privilegios que a las mujeres les son negados.
Hay que crear una gran red de apoyo afectiva y no
sólo de validación de las prácticas y formas violentas. Cuestionemos nuestra
masculinidad y rompamos con aquel pacto que marca las fronteras de nuestro
comportamiento. Tenemos la posibilidad de reinventar un mundo basado en
la empatía y buen trato.
Debemos comenzar a ocuparnos en observar nuestras prácticas, en tener
cuidado del cómo nos estamos relacionando con otros hombres y también con las mujeres para poder construir
ambientes de seguridad y respeto. La invitación está abierta para que nos sumemos
a practicar la responsabilidad afectiva y para crear una comunidad de hombres gays mucho más conscientes.
Establezcamos nuestra propia ética homosexual y cuidémonos entre nosotros.
