martes, 12 de julio de 2016

CIBER SEXO: El Limbo.

Esta vez les contaré de un lugar donde la  obscuridad le otorga a los cuerpos la clandestinidad que inspira  a perder las inhibiciones e incita a actuar con mayor espontaneidad. Aquí la obscuridad es convertida en una poderosa  herramienta para  fortificar otros sentidos  que logran saciar a los placeres masculinos.

Este sitio  se encuentra  por la calle de  Madero en el centro histórico de la  conservadora Guadalajara, esta  justo a un lado de un famoso club, de esos donde las parejas alegremente intercambian sexo con otras personas. A tan sólo dos locales de distancia está colocada una estructura  de tres pisos que   siendo sinceros, no llama tanto la atención a primera vista como sus vecinos swingerse .

En la entrada no hay  ningún letrero, la fachada da un  aspecto de abandono, en  la puerta sólo  se encuentra una pequeña   cámara de video- vigilancia y un timbre que es lo más llamativo si te encuentras en calidad  de transeúnte que no sabe de esto, que no sabe del “Cotorreo”.

Cuando tocas  el timbre y se abre la  puerta mecánicamente, te das cuenta que acabas de ingresar a un espacio lleno de encuentros anónimos y códigos secretos. También te puedes dar cuenta que la zona en general no es muy  limpia, el piso parece  que lleva bastante tiempo sin trapearse debido a la cantidad de manchas de no se cuanto liquido pegajoso. En  los costados se encuentra una   diversidad de artilugios  viejos y monerías dignas de un museo. Del lado derecho se encuentra  un cuarto con una pequeña ventana de barrotes por donde se alcanza  a ver un hombre de aproximadamente  60 años que  dándote  las buenas noches y  sin mucho entusiasmo te indica que le pagues $40. 00 pesos para colocarte una pulserita de papel.

Una vez con tu pulsera y con el corazón acelerado entras por un pasillo que conduce a una puerta que termina con la luz. Al doblar por la puerta  te encuentras con cabinas cubiertas por cortinas que contienen  computadoras dentro. Aquí es donde llegas a la parte  donde descubres que no estás en cualquier ciber donde puedes sacar impresiones y consultar tu tarea.  

Muchos  hombres caminan asomándose por las cortinas que se supone  existen para dar una mayor privacidad, y eso por supuesto no se respeta, ya que todos husmean un poco,  o un tanto la acción  que está ocurriendo dentro.  Puedes darte cuenta que la bienvenida al lugar es un festín del que muchos hombres son participes: Se  masturban, practican sexo oral y los más aventureros se animan a sostener sexo anal.

Al salir de esa habitación se encuentra un patio muy parecido a uno  de vecindad,   con un lavabo y muebles muy  viejos. Ahí está una puerta que te conecta con el resto de edificio que por cierto es bastante grande.

Al ingresar por el patio te comunicas con  otro  pasillo muy largo con muchos muebles,  al final se localiza una   barra donde venden chelas, agua y otros líquidos para hidratarte. Por cierto, también  tienen   música para alegrar “el cotorreo”.

Cuando subes por  unas  escaleras a  los siguientes  pisos del edificio, te das cuenta de que entre   más te vas sumergiendo  en el lugar,  el  nivel de intensidad aumenta en el ambiente.
Una vez en  el primer piso  se encuentra una puerta que conduce a una  sala bastante grande con una banca muy larga, ahí te recibe un caluroso golpe de aroma  a genitales que parece darte   la bienvenida a un club lleno de placeres entre varones. Al estar ahí, y muchos que conocen el lugar no me dejaran mentir,  te puede llegar a la mente la película de terror Silent Hill.

Al seguir con el recorrido digno de una visita turística,  las puertas y  pasillos  te siguen conduciendo  a más  pasillos y habitaciones  con una tremenda obscuridad y silencio.

Existe un cuarto que yo le llamaría  el corazón del lugar o de los placeres  por la cantidad de encuentros sexuales que se efectúan ahí, y porque está a la mitad del edificio. Ahí existen unas cabinas como  un pobre intento de haber querido colocar computadoras para que pudiera dar mejor apariencia  de Ciber,  pero no es así, ahí la obscuridad concentra a la mayor cantidad de hombres dispuesto a desfogar sus deseos sexuales con otros hombres. Caminan sin decir palabra, se  observan unos a otros y algunos llegan a tocarse distintas partes del cuerpo como parte de un ritual de coquetería. Algunos descargan y dejan calientes a sus compañeros sexuales, estos por supuesto siguen interactuando hasta lograr saciarse sin importar la cantidad de hombres que se necesiten para llegar a eso.

Este  espacio lleno de cabinas sin computadoras  tiene  otra puerta que conduce a otro cuarto mucho más grande. Esta habitación me recordó mucho  a esos hospitales antiguos en donde tenían cuartos muy grandes con  gran cantidad de  camas para  atender a muchos pacientes. Existen unas   cortinas azules muy rasgadas y llamativas que  dan un aspecto muy tétrico, ahí sin problema cualquier director de cine gore o de terror grabaría una bonita escena.
Por  todo el lugar recibes miradas, agarran tu  pene y nalgas, se masturbaban por encima de la ropa, otros  hincados realizan sexo oral como si fueran  becerros desesperados por leche. Los gemidos de pronto llegan a ser  muy altos por la cantidad de orgias que se acumulan a  tu alrededor. En los siguientes pisos (por qué siguen dos más), se encuentran habitaciones privadas con un costo extra y hasta un  vapor donde saldrías con una bonita infeccion en la piel.

Este sitio de encuentros o de CRUISING, refleja claramente la sexualidad de los varones y sus prácticas. Los hombres son educados y construidos socialmente para tener  una mayor apertura y goce de la sexualidad. A lo largo de la historia se ha tenido la idea de que los instintos sexuales de los hombres no pueden ser controlados por una supuesta “naturaleza” que los obliga a no contener sus deseos sexuales. 

Este tipo de espacios de  interacción sexual  entre hombres llevan valores, normas y códigos de la masculinidad hegemónica en  combinación con la  homofobia existente en   la sociedad, que por un lado obliga a que estas prácticas se tengan en espacios clandestinos poco regulados, y por otro lado las prácticas sexuales de riesgo derivadas de la homofobia internalizada. 

Las  acciones y socialización dentro del lugar son una clara muestra de esta mezcla entre la construcción de la masculinidad y la homofobia: una fuerte impersonalización; se vuelve  al otro un simple objeto sexual, el anonimato como herramienta para no ser descubierto por lo estigmatizador que puede resultar la práctica sexual entre personas del mismo sexo, la  exposición ante el no uso de preservativo, la cantidad de encuentros sexuales que aumentan la posibilidad de adquirir una infección de transmisión sexual  y esa sensación de adrenalina que se deriva de exponerse al riesgo, que al enfrentarlo legitima el ser un hombre por que te convierte en un machín que se avienta ante el peligro. 

Es necesario voltear a ver estos lugares para generar políticas públicas que regulen estos establecimientos  para  lograr llegar a convertirlos en lugares dignos de socialización entre varones gay, homosexuales o de hombres que tienen sexo con hombres.

En el  Limbo  los hombres siempre  permanecen activos en el sexo y no precisamente porque les guste penetrar por el  culo a otro, me refiero más bien  a la   increíble actividad  sexual y a esa gran cantidad  de  intercambios que se dan en una sóla noche.  


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